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REVISIÓN HISTÓRICA.
Balboa tal cual
Edictor C. Ábrego
opinion@prensa.com
Siempre se ha dicho que los pueblos que no tienen héroes auténticos, optan por inventarlos. Lamentablemente la historia está llena de ejemplos que han contribuido a distorsionar nuestra formación nacional y el concepto de patria. Eso es lo que ha sucedido con el personaje Vasco Núñez de Balboa, un español conquistador cruel, ambicioso y sanguinario. El Dr. Chauncy Griswold, médico del Ferrocarril de Panamá, afirma que Balboa era un hombre bueno y generoso, que obtenía el oro de los nativos en forma honesta, a través de trueque. Esta afirmación de un escritor extranjero no nos causa extrañeza, si pensamos que no tenía otro fin que desfigurar nuestra historia. En cambio, a Pedro Arias de Ávila, Pedrarias, lo presenta como el jefe absoluto, celoso de las acciones de Balboa, olvidando que el gobernador era Pedrarias y no Balboa, el que actuó en forma irrespetuosa, con fines de rebelión. Balboa representaba la anarquía, Pedrarias el orden. Balboa era la insubordinación. Pedrarias era el hombre de ley. Esta es la forma de cómo no se debe escribir la historia, decía Diógenes de la Rosa, una de las mentes más vigorosas del siglo XX en Panamá.
En sus planes de conquista, los españoles se valieron de la espada, el mosquete y de feroces e infernales perros, entrenados para cazar hombres. Estos perros, especie del gran danés actual, eran descendientes de los feroces canes de la Rusia Oriental, a los que se entrenaba para luchar contra animales, gladiadores o en la guerra.
Algunos perros, conocidos como alanos, por razón de que en la antigüedad pertenecieron a las hordas alanas, un pueblo del oriente ruso, quedaron en la historia del Nuevo Mundo con nombre propio. Sobresalieron Leoncillo, propiedad de Balboa, y nombrado como el más feroz. Becerrillo, cuyo dueño Juan Ponce de León fue colonizador de Puerto Rico. A este perro se le atribuía una inteligencia increíble, pues reconocía a los indios dóciles de los combativos, con los que era implacable. Amadis, perro que combatió en Colombia, y al que se le atribuyó la habilidad de esquivar la lluvia de flechas para luego atacar. Bruto, propiedad de Hernando de Soto, combatió en la Florida. Se dice que para matarlo, los indios emplearon 50 flechas.
Cuando Núñez de Balboa asoló el pueblo del cacique Comagre, hizo amistad con su hijo el príncipe Panquiaco, quien le habló de un gran mar por donde se iba a tierras de grandes riquezas. Acompañado de Francisco Pizarro, preparó una expedición compuesta por 190 soldados y varios perros feroces adiestrados para cazar aborígenes que se resistían al ataque de los españoles. Como las descargas de fuego eran inútiles, Balboa les aupaba los perros. Esto sucedió cuando invadió las tierras del cacique Torecha. La masacre fue tal, que todo cálculo horrorizaría al historiador más ingenuo. Se ha conocido que Torecha murió descabezado por Leoncillo. Este animal, que solo atacaba a los indios, estaba protegido por un chaleco a manera de blindaje, y equipado con cuchillas filosas en el collar. Tan fiero era que se revolvía entre los nativos, dándoles dentelladas y zarpazos. Este perro infernal, engendro del demonio, era aupado por Balboa, a quien únicamente obedecía.
Como la participación de Leoncillo fue tan eficaz, su dueño lo incluyó entre los que tenían derecho al reparto de las riquezas obtenidas en la aventura del Darién. Ganó tanto como los soldados sobrevivientes. Naturalmente, su parte en oro fue a dar a la bolsa de Balboa, su dueño y quien lo adiestró para cazar seres humanos.
El Dr. Carlos Manuel Gasteazoro decía en sus clases que en los Archivos de Indias no aparece el nombre Anayansi. En tal caso, los historiadores tradicionales se refieren a Caretita, hija del cacique Careta, y a quien Balboa tomó como compañera. Este nombre Anayansi nació de la fértil imaginación del Dr. Octavio Méndez Pereira, cuando escribió su novela El Tesoro del Debaibe. Se ha dicho que Leoncillo era el encargado de cuidarla del asedio de los soldados, tal como sucedió cuando el soldado Andrés Garabito la pretendió en ausencia de Balboa.
Ya es hora de que los panameños revisemos nuestra historia, como han hecho los peruanos. En ese país removieron la estatua de Francisco Pizarro y la reubicaron en la calle de atrás de la Presidencia. Debemos aprovechar la construcción de la cinta costera para instalar a Balboa en un lugar apropiado, y tomar ese sitio para construir un gran monumento en memoria del cacique Urracá, uno de los panameños que ha sabido enfrentar a los invasores de su tierra.
El autor es profesor de filosofía e historia
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1 Carmen Mena // Sep 1, 2009 at 12:17 pm
Mis felicitaciones por los comentarios que incluye en su blog. Me parecen muy acertados.
Un afectuoso saludo
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